Anteriormente… Assilah, ese precioso pueblo pesquero amurallado.
A la vuelta de Assilah, nos dimos una vuelta por el paseo marítimo, el Boulevar Mohammed VI, y paseamos por calles paralelas a las principales de Tánger. Como ya hemos comentado, la tarde de Tánger es un preludio de la noche, que es muy animada, con multitud de gente por las calles, comercios abiertos, los salones de té a rebosar y el tráfico como sinfonía de fondo a todo ello.

Nos acercamos a preguntar a una parada de Grand Taxi, los de color crema que son normalmente mercedes, modelos de una antiguedad de una década como mínimo, para ver que nos costaría ir a las Grutas de Hércules y al cabo Espartel, el precio nos pareció increiblemente caro, de hecho hasta incluso pensamos que se estaba riendo de nosotros, el caso es que sin ni siquiera regatear nos fuimos y decidimos probar con otro taxista porque este directamente estaba de guasa. El caso es que al final, no preguntamos a ningún otro y no fuimos. Paseamos por La Medina de nuevo, donde los vendedores nos deleitaron con la frase del viaje; ya nos habíamos dado cuenta que, Mari Carmen debía ser un nombre muy español, puesto que nos llamaban por ese nombre o por Jose, el caso es que en una de esas llamadas amables a que “visitásemos su casa“, uno de los relaciones públicas comenzo a llamar “Mari Carmen, Dolores, María, Isabel, ¿Pantoja?“. El descojone fue inmediato y por su parte parece que tenía claro que era lo que nos hacía reir. Desde ese momento, cuando nos preguntaron el nombre en cualquier tienda, éramos Maricarmen y Jose. Después de pasear y comprar una lámpara de piel de camello “completamente genuína, pintada a mano con chafrán y muy barata Maricarmen, esto está en la internet por no menos de 150€, yo te llevo a ver página si no creer“, nos tomamos un té en la pastelería La Española, en la cual, inauguramos la nueva tradición de brindar con una moneda de 5 dirhams dentro del zumo y paseando de nuevo, nos fuimos al hotel.
Al día siguiente, La Gare Routiere (estación de autobuses) desde la que nos podría llevar un autobús de línea hasta las grutas de Hercules, aunque habíamos visto donde quedaba, el domingo por la mañana nos pareció lejana y sin demasiada determinación nos acercamos a la Kasbah, que en los días anteriores no habíamos visto bien. Allí, disimuladamente nos acercamos a un grupo de turistas españoles que iban con guía y disfrutamos de las explicaciones de la ruta, de los encantadores de serpientes, que parece que llevan lustros (a juzgar por sus edades) en este negocio y no se han dado cuenta de que lo que impresiona es la propia serpiente en sí y que por repetir insistentemente el nombre “Lacobralacobralacobralacobra“, ésta no da más miedo, y de los pasajes y callejuelas de la medina y la kasbah.
Ese día, al ser el último en Tánger, decidimos jugarnos el tipo y “vivir Tánger” de forma peligrosa. Comimos en uno de los antros que hay en la parte baja de la plaza 9 de avril. Comer nos costó 90 dirhams, 4,5 euros por persona, pero la visión de los pescados (que nos ofrecieron pero no comimos) que pedía a gritos que alguien los cocinase ya y terminase su agonía de semanas o la forma (y el lugar) de cortar la carne de los pinchitos nos hizo que era demasiado barato para el precio de nuestra vida, o de almenos, la vida de nuestra flora intestinal.
A las cinco de la tarde (hora de Tánger, siete hora peninsular) salió el ferry de vuelta a España. Viajamos en el con la sensación de la aventura pasada y con la idea de que si tuviesemos que pasar otro fin de semana de escapada, aún para un sólo día, nos volveríamos a ir. Pero la aventura no acababa ahí, al desembarcar en Tarifa, hubieron literalmente tortas entre los pasajeros para salir del barco. ¿La razón? Más de 600 personas que tenían que pasar el control de aduana, pasando por un único detector de metales-escáner. Una locura que hacía que los que conocían el tema quisieran salir de los primeros y no aguantasen que nadie fuese colándose con bastante cara dura.
Y poco más, decidimos volver a Albatera de forma directa y tras seis horas de conducción, llegamos a casa. Merece la pena Tánger, es una escapada de fin de semana para disfrutarla.
FIN.